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ISSN 1989-4163

NUMERO 70 - FEBRERO 2016

Modelos de Mujer (VI) - La Exploradora

Mª Ángeles Cabré

 

Lo que me provoca la exploradora es envidia; envidia sana, por supuesto. Quién fuera brioso corcel para recorrer mares y montañas, aldeas y ciudades, en busca de aventuras. Quién pudiera sacudirse de encima la pereza, el escepticismo y el recelo y lanzarse al mundo a descubrir parajes, afianzar rincones, entablar amistades. Ganas me dan desde mi cómodo sofá de infiltrarme en alguno de sus inminentes periplos viajeros.
Valiente, intrépida, audaz… Los adjetivos que le sientan bien son siempre los más hermosos del diccionario porque la suya es una vocación invitadora. La imagino un día en La Habana, al otro en Ámsterdam y quién sabe si el mes que viene en alguna república africana. Cualquier destino sirve a su pasión por sacudirse de encima la modorra yendo de un lado para otro. Movida por la velocidad, cuando está en casa apenas para en ella si no la pilla una mala gripe o algo similar, ya que toda ocasión es buena para sumarse a aventuras ajenas o inventar otras nuevas: paseos, cenas, copas.

Lejos de ser una coleccionista al uso, para la exploradora no existen las fronteras sino los horizontes, que se extienden infinitos en una fiesta de eterna duración a la que sólo pondrá fin cuando le dé por descansar. Su mundo es más grande que el nuestro porque está poblado de sorpresas. Amiga de la gente, le gusta sonreír a los desconocidos, confiar en el prójimo, confraternizar con extraños. Se pasaría los días arriba y abajo, vagabunda de las sensaciones, tomando de allí y allá pequeñas dosis de sabiduría vital con las que irse tejiendo una piel ligera que poder ir mudando con las estaciones.

Queriendo ensanchar el paisaje de su infancia, aquel al que por nacimiento estaba destinada, de muy joven compró un billete y se marchó, sin saber a dónde. Qué importaba el destino. Bastaba con irse a cualquier parte para regresar luego con tesoros nuevos –oro, incienso, mirra- y construir con ellos una vida a todas luces más rica en matices. Cumplió su destino y en esas anda, aún joven, sumando etiquetas a su equipaje, añadiendo estímulos a su ya nada desdeñable agenda de conquistas.

Aún le faltan a la exploradora muchas millas que recorrer, tiene energía para eso y más. De mirada poderosa, en sus ojos inmensamente abiertos al futuro se leen nombres exóticos y surcan su frente trenes y aviones que algún día tomará. La intuyo a ratos hojeando en un café su libreta de notas, trazando en el aire tentadoras rutas imaginarias que la llaman y le dicen ven, siempre dispuesta a aparcar la rutina y lanzarse a navegar. Se diría que tiene la sensación de estarse perdiendo algo si se queda quieta, anclada demasiado tiempo a algo a alguien. Se diría que alimenta en lo más íntimo un sentimiento de traición si renuncia por un rato a su principal objetivo: aprender.

Exploradora también en las lides amorosas, en estaciones y aeropuertos alienta enamoramientos fugaces, de esos que dejan poca huella pero buen sabor. Y es capaz de amar a la vez en dos camas siempre y cuando estén separadas por un montón de quilómetros, y a ser posible por algún mar. Como era de esperar, de los amores exclusivos huye como de la peste, no vaya a ser que la aten para siempre, algo que ella no está dispuesta a aceptar.

Sabemos que la precedieron viajeras ilustres como Amelia Earhart o Anne Marie Schwarzenbach, ambas de tristísimo final pero impelidas por las mismas ganas de comerse el mundo a dentelladas, no fuera a caducar. Con el tiempo, sin embargo, la intuición me dice que un día se cansará y llamará a un timbre para refugiarse allí donde se dan cita todas y cada una de las aventuras, incluso las que jamás pudo imaginar.

 

La exploradora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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